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Domingo 12 de abril de 2009 _NOM_SECCION1
Por Sylvain Cypel * / La Nación Domingo

Villano Invitado

Confesión y redención

La larga confesión de Mike Osinski es una primicia. Se titula “Mi proyecto Manhattan: cómo ayudé a construir la bomba que hizo explotar a Wall Street”. El proyecto Manhattan original fue la construcción de la bomba atómica. Osinski es a las finanzas lo que Robert Oppenheimer a la física nuclear después de Hiroshima.


Fue en 1985 cuando entró en el banco de inversión Lehman Brothers. Ahí, este matemático de carrera trabajó en productos bursátiles muy innovadores. Después de algunos años, él vivía bien: 125.000 dólares de bono anual. Pero los corredores "ganaban varios millones". Un día le pidió a su jefe que "lo pasara al intercambio, donde estaba el verdadero dinero". El jefe se negó en estos términos: "Mike, ¿eres capaz de encontrar gente más tonta que tú a fin de sacarle provecho? Porque de eso se trata el intercambio".

Su nombre es Michael Osinski. Él mismo relata en la revista de "The New York Times" que, habiéndose pasado a otra compañía, Kidder Peabody, "él concibió los programas que convirtieron los préstamos hipotecarios en títulos bursátiles". En los bancos de negocios estadounidenses, varios equipos trabajaban en ese sentido. Pero su larga confesión es una primicia. Se titula "Mi proyecto Manhattan: cómo ayudé a construir la bomba que hizo explotar a Wall Street". El proyecto Manhattan original fue la construcción de la bomba atómica. Mike Osinski es a las finanzas lo que Robert Oppenheimer a la física nuclear después de Hiroshima.

Estaba tan bien colocado que se fue a otro lugar, mejor remunerado. Ahí concibió la maravilla de maravillas, el programa que conectaba todas las operaciones posibles con los títulos de deuda hipotecaria. "Todo eso me emocionaba". Un día, alguien le preguntó que si podía hacer un modelo de la titulización de los préstamos subprimes. "Yo quise complacerlo y le dije que lo haría en un mes". En 2001, a los 45 años, rico y cansado de ese trabajo, Osinski se retiró para dedicarse al cultivo de ostras. "Es más difícil y frustrante" que la titulización de las deudas, pero eso le complacía enormemente.

Es evidente que Osinski no previó nada. Por lo demás, no piensa que la titulización sea algo malo en sí. "Si se hace correctamente y con prudencia, aumenta la eficacia de los bancos para conceder préstamos". ¿Acaso la energía atómica no puede también proporcionar luz y calor y no sólo pulverizar seres humanos? Pero en ese tiempo ni siquiera se planteaba la cuestión. Después de la primera obligación que concibió, llamada CMO, ideó otras, aun más sofisticadas y rentables. "Subía a la sala de mercados y veía mi programa en operación en un mar de pantallas. Un programador no admira tanto su creación por lo que hace, sino por la forma en que lo hace. Esa cosa era bella y elegante".

La "cosa" hizo explotar a Wall Street primero y después al planeta financiero. Osinski ahora habla del "mundo perverso de las obligaciones", del "proceso de titulización que suministraba más carne al matadero". Habla de jóvenes de 30 años que manejaban miles de millones de dólares como otros manejan el tenedor en la mesa y que apostaban 100 dólares al ir al baño para ver quién orinaba en el mingitorio desde más lejos. Michael Osinski ahora está enfermo de eso. Su vecino, un profesor retirado, le comentó que había perdido en la bolsa la mitad de sus ahorros y que su pensión se redujo en otro tanto. "Yo contribuí a ese fracaso monumental. Por ello, debo hacer un mea culpa".

Algunos se confiesan, otros prefieren redimirse. Ése es el caso de Stanford Kurkland, el ex número dos de Countrywide, la gran caja de crédito de Estados Unidos que fue la primera en hundirse. Más que nadie, él impulsaba a sus corredores a colocar subprimes a toda vela, sin preocuparse de la solvencia de los deudores, desgranando así fabulosos beneficios. Ahora, Countrywide es aborrecida por cientos de miles de hogares amenazados con el desalojo. Kurkland era el tipo ideal del "depredador". Ahora, algunas víctimas lo consideran su benefactor.

Despedido con una enorme indemnización, Kurkland creó, junto con una docena de ex funcionarios de su banco y otros grandes inversionistas, una nueva casa de crédito, PennyMac. Un organismo "modelo" en California. Compran por paquetes enteros a los bancos, a bajo precio, departamentos de propietarios insolventes amenazados con el desalojo, deudas de las que los bancos quieren deshacerse a cualquier precio. Los demás por lo general expulsan a los ocupantes para revender la propiedad, pero él no lo hace, sino que negocia con las familias un refinanciamiento de su crédito. Por ejemplo, si compra una casa a 30% de su precio inicial, él ofrece una reducción de la mitad del reembolso del préstamo. La diferencia, más los intereses del nuevo préstamo, son para él. De nuevo está ganando millones de dólares, pero cientos de familias que ya se creían en la calle están felices con ese trato.

Quizá Michael Osinski y Stanford Kurkland actúen así para poder verse en el espejo cada mañana. Una confesión personal y una iniciativa individual no son más que una gota de agua ante la situación general de las víctimas de los subprimes: cuatro millones de familias estadounidenses siguen amenazadas con perder su casa y pululan los depredadores de viviendas hipotecadas. El 8 de marzo, mil personas se apretujaron en el centro de convenciones Jacob Javits de Nueva York, donde tuvo lugar una subasta de departamentos confiscados. "Una oportunidad de oro", decía la publicidad. De pronto, algunas personas que habían sido expulsadas de sus respectivas casas se levantaron y empezaron a gritar: "¡No compren! ¡Las hipotecas son un crimen! ¡Un día también les quitarán la casa!". El servicio de orden rápidamente las expulsó del salón. //LND

* Redactor jefe del diario francés "Le Monde". Le Monde (The New York Times Syndicate)

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