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Española no vidente sorprende como guía de turismo

EFE



Domingo 17 de agosto de 2008 _NOM_SECCION1
Por Pedo Lemebel / La Nación Domingo

OJO DE LOCA NO SE EQUIVOCA

Morir de amor en el Amazonas (Primera parte)

Parece que hay tormenta, dice Mario David, empujando la mesa bajo un alero. Saboreamos el pez dorado del río con un manojo de palmitos frescos. El aluvión deja vacía la terraza que bordea el rumoroso gruñir de la foresta. Parece un filme, una película del cincuenta. ...


FOTO_01
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28 kbPoco antes de enterrarse en el océano esmeralda de la selva, el avión pega un parapléjico remezón que congela la sangre. Pero es sólo un temblor de alerta que avisa la llegada a la mítica Iquitos, el ranchal cauchero, la reina de los ríos, donde se retuercen los lagartos plateados en el barro. La Babilonia vegetal derramada allí, en el distrito de Loreto, en medio del Mato Grosso con su precario entablado de edificaciones pintadas y casuchas con sombrero de paja. Llegando al anochecer el calor pegoteado es intenso, cuando la marea en sombras del vergel chilla un incierto coral susurrante. Se confunde con el ruido de los mototaxis en enjambres que, a toda velocidad, vuelan por sus calles disparejas. Hay gente en todas las esquinas, hay vida en todas las cuadras, en las mesitas que ofrecen de comer doncella de río o chicharrón de lagarto. El mototaxi casi se desarma en cada recodo, en cada carrera con las miles de motos con carrito techado de amarillo, naranja y azul, con las luces encendidas mosqueando las rutas como luciérnagas zumbonas que manejan los chicos iquiteños de mirada directa y piernas musculadas por el acelere. ¿Cómo se llama usted?, le pregunto a mi conductor, que transpira un aroma dulce. Mario David, me contesta, mirándome hacia atrás al tiempo que otro carro casi nos choca. Cuidado, le grito, y él se ríe, relampaguean sus dientes. Si no pasa nada, no se preocupe, aquí somos así. Pasan fugaces los ojos de los niños amazónicos que piden un sol. Sólo un sol por entregar su carne tibia a la pedofilia turista. Sólo un sol por dejarse manosear los muslitos raquíticos mientras ofrecen chucherías con pupilas húmedas.

Mario David me dice que no les haga caso porque nos seguirán toda la noche. Mario David sabe lo que ofrecen y se hace el desentendido cuando le pregunto por un rayado que dice "No a los niños abusados". Mario David no quiere hablar de eso y me cuenta que el vehículo es suyo y lo cuida como novia. Su mototaxi me deja en el hotel, y mientras me baja la mochila pregunta qué haré más tarde. Comer en alguna parte, quiere acompañarme, le insinúo. Vamos al Fitzcarraldo, en el malecón, para que conozca, exclama alegre, pensando que ya tiene ganada la noche.

Mario David dice tener 23 años, pero aparenta más. Bajo la visera del jockey, su mirada pantera habla por él, musita un idioma de señas y guiños sexuados donde el candor tercermundista ofrece sus lianas tristes. Me está esperando en su carrito cuando bajo del hotel, aprieta el acelerador y partimos en la noche jungla por la ribera del bulevar, donde yiran las nenas de minifalda y tacos muy altos para su enclenque cuerpito moreno. Por un sol entregan el lucero negro de su entrepierna. Por un sol los gringos grasientos las babosean bajo los faroles de la plaza. Mario David hace como que no mira. Le da vergüenza el comercio de su raza. Me dice aquí llegamos y se estaciona, dándome la mano para que baje. El Fitzcarraldo es sencillo. Afuera, la suave garúa de la lluvia que se avecina moja varias mesas solas, un relámpago encandila y recorta la selva sobre el cielo revuelto. Parece que hay tormenta, dice Mario David, empujando la mesa bajo un alero. Saboreamos el pez dorado del río con un manojo de palmitos frescos. El aluvión deja vacía la terraza que bordea el rumoroso gruñir de la foresta. Parece un filme, una película del cincuenta. Mario David come callado, hundiendo sus ojos pestañudos en el plato. Lo miro, alza la mirada y nos reímos con pudor de adolescentes. ¿Cómo es Chile?, me dice de pronto. Largo y angosto como una serpiente cordilleral. ¿Y no va a conocer los animales de aquí? Para eso hay que salir por el Nanay, navegando hasta donde el Napo se junta con el Amazonas, una hora adentro. Hay que embarcar antes que aclare, por el calor, decía con desgano, como si de tanto repetirlo se le hubiera descolorido el cartel turístico. //LND

(Esta crónica continuará)



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