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Fuente: EFE



Domingo 29 de junio de 2008 _NOM_SECCION1
Por M. V. / La Nación Domingo
Las misteriosas ruinas de Chacabuco

Después de una hora, el camino desemboca en las ruinas de una misteriosa ciudadela de piedra indígena circundada sólo por la casa de un lugareño: el “huaso Juan”, quien revela varios encantos de la zona.


Al dejar atrás el ajetreo de la capital, la mañana se tiñe del color de los campos humedecidos por las últimas lluvias. Se asoma un verde tenue, casi amarillento, que cae como un manto sobre los cerros de Santiago. Emprendiendo camino a la ciudad de Los Andes se cruza el campo de batalla de Chacabuco, flanqueado por una enorme estatua que recuerda aquella gesta heroica de 1817 que buscaba la independencia de Chile.

El bus para llegar a destino cuesta 2.500 pesos y sale desde el terminal Los Héroes. Luego del paso obligado por un túnel, se llega al punto de partida del viajero: la cuesta de Chacabuco. Aquí comienza la caminata, que se debe acompañar de un equipo de supervivencia que resista una hermosa y agreste subida.

Después de una hora, el camino desemboca en las ruinas de una misteriosa ciudadela de piedra indígena circundada sólo por la casa de un lugareño: el "huaso Juan", acompañado de sus perros. Él revela varios encantos de la zona sólo a cambio de una buena conversación.

Pueden ir hacia el corral de piedra frente al cerro de dos cachos dice, mostrando además una serie de hallazgos arqueológicos que ha descubierto en sus correrías a caballo por las planicies del lugar. Se trata de husos de piedra, cerámicas y puntas de flecha que guarda en su museo personal. "Ésta la encontré por allá", dice refiriéndose a una hermosa pieza de cuarzo que recogió de Las Tetas de la Niña, el notorio cerro de dos cumbres casi frente a su rancho, y muy parecido al Melimoyu, ubicado en el sur de Chile. Efectivamente, sus faldeos regalan sorpresas: en la tierra se distingue un sinnúmero de trozos de cerámica correspondiente a los indígenas de la zona central. Se trata de pedazos de utensilios de greda, cacharritos de colores, bordes y pequeños interiores quebrados, que se dan como obsequio maravilloso al inquieto buscador, que con un poco de suerte puede encontrar incluso alguna punta de flecha. El lugar es ideal para conectarse con lo indecible de la naturaleza, con ese halo sutil que se esconde en el sonido del viento y que nos da incondicionalmente el relato de lo antiguo.

 



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