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FARC confirman muerte de su máximo líder "Tirofijo"

Fuente: EFE



Domingo 25 de mayo de 2008 _NOM_SECCION1
Por Faride Zerán / La Nación Domingo

Villana invitada

El Nakba

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33 kbLas cenizas del volcán Chaitén interrumpieron los sueños de más de cinco mil chilenos que, en el sur lluvioso y profundo de nuestro país, hacen patria en esas apartadas localidades donde la naturaleza, en toda su belleza y esplendor, puede trastocarse en el horror, transformando el paraíso en catástrofe. Hoy sufrimos esas secuelas en el dolor de miles de hombres, mujeres y niños chilenos que fueron obligados a abandonar sus hogares en una diáspora que no tiene fecha de retorno.

El Nakba, o la catástrofe, es la palabra con la que se denomina la expulsión de sus tierras de cerca de un millón de palestinos que con la creación del Estado de Israel, el 15 de mayo de 1948, fueron arrojados a un exilio que 60 años después no sólo se mantiene, sino que se replica a una cifra de cinco millones de palestinos repartidos por todo el mundo.

Esa catástrofe política, social y humanitaria originada hace 60 años persiste hoy en los territorios ocupados. En los 11 mil presos políticos hacinados en las cárceles israelíes. En los muros de hormigón de ocho metros de alto y 700 kilómetros de extensión instalados en Cisjordania, donde se estrellan las esperanzas de hombres y mujeres, jóvenes y niños, humillados en verdaderos guetos y ofendidos en los más de 500 checkpoints que a diario deben cruzar.

La catástrofe de nuestros hermanos de Chaitén y Futaleufú no fue causada por la mano del hombre, como sí ocurrió y sigue ocurriendo con el pueblo palestino. Pero en ambos casos el resultado es el mismo: el exilio obligado, el desarraigo, el abandono de sus hogares, de sus tierras, de sus animales, de sus recuerdos.

El Nakba, o la catástrofe, es el sino tras el cual el drama deviene en exilio. Como el que vivimos más de un millón de chilenas y chilenos. Obligados a la diáspora luego del golpe de Estado de 1973, expulsados por una dictadura que violó todos y cada uno de los derechos humanos, fuimos enfrentados a la nada o, como dice el intelectual palestino Edward Said, a esa desdicha esencial que determina que los logros de cualquier exiliado estén permanentemente carcomidos por su sentido de pérdida. Ese es sin duda el sentimiento que embarga a estos 117 hermanos y hermanas palestinos refugiados en Irak y que, luego de la guerra y sin poder regresar a Palestina, llegan a Chile en calidad de reasentados.

Los recibimos con los brazos abiertos, como fuimos acogidos más de un millón de chilenos en distintas partes del mundo, y como deben ser acogidas hoy, en Puerto Montt y sus alrededores, las centenares de familias de Chaitén que, a pocos kilómetros de sus tierras, esperan que la naturaleza entre en razón y les permita el retorno.

Sin duda lo lograrán, al igual que el exilio chileno, cuando, pese a casi dos décadas de destierro, finalmente pudimos regresar. Pero lo que hoy nos congrega es un tema que se remonta a más de medio siglo.

¿Cómo es posible que el Gobierno israelí, luego de 60 años, persista en su política de ocupación de territorios, al margen de los acuerdos de Naciones Unidas, mantenga una política de limpieza étnica y siga construyendo el muro del apartheid?

Aspiramos a que, pese a los 60 años transcurridos, el pueblo palestino, nuestro pueblo, pueda decir pronto que el Nakba ha concluido y que ya es hora de regresar al hogar. A un hogar palestino, a un estado palestino independiente en la ribera occidental del Jordán y la Franja de Gaza sobre las fronteras de 1967, con Jerusalén Este como capital. A un hogar donde convivan, como lo hicieron durante siglos, musulmanes, cristianos y judíos, en un ejemplo de tolerancia y sabiduría. Un hogar desde el cual la relación con sus vecinos, el Estado de Israel, sea sobre la base del respeto mutuo y la paz.

Hace poco menos de dos años crucé varias veces los controles israelíes para salir de Belén a Jerusalén; en Ramala vi como entraban las patrullas del Ejército israelí para detener a ministros y parlamentarios palestinos. Fui testigo de la desazón de los jóvenes universitarios palestinos, y de la vergüenza que sentían intelectuales y académicos israelíes con los que me entrevisté. Hoy la paz en esas tierras es una quimera.

El Nakba está plasmado en la mirada de cada palestino y palestina. En los ojos oscuros y bellos de esos 117 refugiados que huyen de las guerras y que luego de años pueden dormir en una cama y bajo un techo seguro.

Chile es el país del asilo contra la opresión. Esa frase de nuestro himno cobra sentido. Por ello, nosotros recibimos con los brazos abiertos a nuestros hermanos palestinos en un gesto que nos dignifica como pueblo, como Gobierno y como país. LND

 



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