Entre otras cosas, la última novela de Salman Rushdie, "La encantadora de Florencia" (que llegará este año a Chile), es un himno al poder creativo y destructivo de la belleza femenina. La heroína es una joven mujer de apariencia física tan arrebatadora que con sólo verla los hombres caían instantánea y locamente enamorados, haciendo caso omiso de los peligros subyacentes. ¿De dónde pudo haber sacado Rushdie esa idea?
"Ridículamente hermosa, cómicamente hermosa", fue como describió una vez a Padma Lakshmi, la mujer que se convirtió en su cuarta esposa. Pero en realidad, insiste Rushdie, él tenía el concepto de la novela antes de conocer a la modelo, actriz y autora de textos de cocina de origen indio-estadounidense. Aun así, esa pieza de cronología no impedirá a muchos lectores avizorar la sombra de Lakshmi en el deslumbrante "banquete para los sentidos" que es Qara Koz, una mujer "destinada a palacios y reyes". Para ser justos con Lakshmi, parecía sentirse más cómoda en las premieres que en los palacios, pero ocurre que la celebridad es la nueva realeza. A la distancia, o más específicamente a través del prisma de las columnas de chismes, en ella se vio problema desde el comienzo, alguien que difícilmente brindaría un final feliz, al menos en el sentido narrativo convencional.
Según Rushdie, la ironía está en que no sólo ella no inspiró el libro, sino que fue la causa de que éste casi fuera abandonado. "Para decirlo francamente", dice, "tuve que escribirlo a pesar de ella. Debido a lo que me ocurrió el año pasado cuando lo estaba escribiendo, este libro fue una calamidad colosal". Con esto se refiere al fin de su matrimonio.
En enero de 2007, Lakshmi pidió el divorcio. Fue como una bomba nuclear lanzada en nuestro living cuando estamos tratando de trabajar. "Temí realmente durante un tiempo que había perdido el libro. Estaba tan perturbado que no podía trabajar. Siempre me he ufanado de mi disciplina como escritor. Lo hago como un trabajo. Me levanto en la mañana y voy a mi escritorio. Y me asusté porque pensé ‘si pierdo esto, lo habré perdido todo’. Genuinamente, pienso que fue el acto de voluntad que nunca se me ha pedido hacer, incluso después de la fatwa, sólo para no perder mi cabeza".
PASADO PRESENTE
Dice que hubo un período, después de que Lakshmi lo dejó, en que trabajó ocho o nueve horas diarias durante tres semanas y producía "unas tres páginas". Pero al final de este bloqueo reencontró la historia. "Y desde entonces el libro salvó realmente mi vida. Se escribió solo. Iba a mi escritorio cada día y me divertía allí más que afuera. Escribir se hizo placentero y pienso que algo de ese sentimiento de placer está en el texto". La verdad es que uno de los placeres del libro es el deleite que toma la prosa al conjurar los mitos seductores de las sólidas fundaciones de la historia. "Mucho de eso es verdad", dice sobre los detalles históricos.
"Todo tipo de cosas que según sospecho la gente supondrá como realismo mágico, no lo es". Rushdie ha obviamente hecho sus tareas, a juzgar por la bibliografía peso pesado de seis páginas incluida al final del libro. ¡Oh, esa no es una bibliografía para alardear", dice con una sonrisa que insinúa, pero sólo insinúa, estar burlándose de sí mismo. "Hay una que es casi cuatro veces más larga, pero usted sabe que leemos muchos libros y no todos nos son de utilidad. Por lo que puse sólo aquellos que realmente ayudaron".
La historia trata de un joven viajero europeo que llega a la corte del emperador mogol del siglo XVI Akbar y seduce a su anfitrión con los cuentos de Qara Koz, una belleza legendaria que pone en trance a hombres poderosos. Uno de estos hombres, el shah de Persia, está tan pleno de amor por sí mismo y de vanidad que "no consideró la autonomía de su gran belleza, que ningún hombre podía poseer, que se poseía a sí misma, y que podía marcharse cuando quisiera, como el viento".
De nuevo no se requiere ser detective literario para olfatear en este párrafo el mordaz aroma de la experiencia. Pero lo que es notable al respecto, y en realidad en el conjunto del libro, dadas las circunstancias de su creación, es la impresionante falta de amargura o rencor. En cambio, es casi una celebración del "amour fou" masculino.
El otro tema mayor del libro es uno viejo de Rushdie, específicamente la suspicacia, la desconfianza y el malentendido mutuos que han existido por largo tiempo entre el Este y el Oeste. Es, por supuesto, un tema que rara vez ha sido más pertinente.
En un comienzo, él es reticente a explayarse en los paralelos. "Sólo dejaré que el lector decida eso. Mi opinión es que yo no quería poner grandes señales de neón en el cielo diciendo que en realidad trata sobre el siglo XXI". Pero si bien Rushdie maneja el asunto con imaginativa sutileza, no se puede evadir la relevancia actual de temas como ser extranjero, la pertenencia y la lealtad de grupo.
En un sentido, él es un humanista a la antigua, arrastrado a la desnuda cotidianeidad del hombre. "Una de las cosas que llegué a sentir más que nunca mientras escribía el libro, y no es una verdad muy complicada, es la idea de que la naturaleza humana realmente es constante. Y que la manera en que los seres humanos se comportan es sólo la manera en que nos comportamos, no importa en qué edad vivimos, ni cuál es nuestra tecnología, o cuáles puedan ser nuestras relaciones políticas particulares del momento".
En otras palabras, más que nuestras diferencias, son nuestras similitudes la característica que nos define. Pero al mismo tiempo es pesimista acerca del futuro de las relaciones Este-Oeste. "Esto me preocupa. Si usted tiene hijos se preocupa por el mundo que les está dejando. Espero estar equivocado, pero el mejor argumento optimista que puedo dar es que si miramos al fenómeno del extremismo islámico, los lugares donde es más odiado son los lugares donde es más poderoso".
Al comienzo de su carrera, Rushdie enfocó los asuntos globales desde una clásica perspectiva postimperial, que ponía el peso de la responsabilidad por las tensiones geopolíticas y la discriminación cultural sobre el Occidente rico. Tras graduarse de Cambridge en 1968, sus posiciones políticas no eran atípicas de su generación y su clase. Había en su trabajo una crítica implícita, y a menudo explícita, a la hegemonía occidental. En "Los versos satánicos" escribe sobre la "Coca-Colonización del planeta" y se refiere a Nueva York como la "nueva Roma transatlántica con su gigantismo arquitectónico nazificado, que utilizó las opresiones del tamaño para hacer que sus ocupantes humanos se sientan como gusanos".
Rushdie todavía tiene sus críticas a Estados Unidos, donde vive gran parte del tiempo en el gigantismo arquitectónico de Nueva York, pero ahora ellas se moderan por una decidida apreciación de las libertades y ventajas de la democracia occidental. Sigue siendo un multiculturalista comprometido.
"Yo no podría existir si no fuera por ese movimiento transcultural. Por lo que obviamente estoy sesgado. Pienso, todavía lo pienso, que hay mucho que celebrar en esta mezcla. Si usted vive en una ciudad como ésta [Londres] o Nueva York, no es posible imaginarla como monocultural". Rushdie podría sostener, con cierta justificación, que nunca ha sido un propulsor del relativismo cultural. Aun así, el acontecimiento que lo convirtió en un declarado oponente fue la fatwa contra su vida emitida por el ayatollah Jomeini el día de San Valentín en 1989. Fue un momento definitorio en las guerras culturales, que se han hecho dramáticamente más políticas en los años recientes.
Doscientos años después de la Ilustración, un escritor estaba bajo sentencia de muerte por escribir ficción. De pronto, todas esas creencias, como la libertad de expresión, que parecían tan básicas en la vida literaria y liberal que nadie se molestaba en mencionarlas, fueron sometidas a una prueba final de vida o muerte.
Desde 2001 se le han unido en la arena política una cantidad de colegas escritores, algunos de los cuales han adoptado una posición más prominente, y a veces más controversial, que Rushdie. Defiende el derecho de sus amigos a expresarse "sin ser abusados". V.S. Naipul podría encontrar ese comentario un poco excesivo. En un artículo de 2002 en que atacaba las masacres de musulmanes en India, Rushdie dijo que, al apoyar el nacionalismo hindú, Naipul "se convierte en un compañero de ruta del fascismo y deshonra al Premio Nobel".
El punto para Rushdie es, sin embargo, que él y sus amigos siguen del lado progresista de la discusión. "Mis instintos son completamente liberales, pero pienso que vivimos en un mundo muy raro y que debemos entender que el mundo ha cambiado. Y cuando decimos eso se nos llama conservadores". Pero, agrega enfáticamente, "no somos conservadores".
Es el único momento de incomodidad que muestra. Gran parte de la entrevista transcurre en discusiones políticas, desde el debate sobre reforzar las leyes británicas antiterroristas ("estoy en algún lugar en el medio, realmente") hasta los actos autoritarios del Gobierno Bush, pero Rushdie insiste en que quiere salir del tema. Se resiente al ser reclutado a posiciones que no sostiene; un legado, piensa, de la fatwa. "Siempre fui un escritor interesado en la política y pienso que tuve una sobredosis de ella Uno de los efectos de mi sensibilidad es hacer querer retraerme del discurso público. Sólo quiero estar en casa y escribir historias y publicarlas cada dos años. Es por eso que entré al juego, no para ser un importante vocero de temas políticos".
El próximo libro que desea escribir es otra obra para niños, del tipo de "Haroun y el Mar de las Historias". "Cuando escribí ‘Haroun ’, mi entonces hijo único tenía 10 años. Ahora tengo otro hijo de 10 años que se lo pasa diciendo ‘¿dónde está mi libro?’", explica. Piensa en esto por un segundo y luego, demostrando su recién hallada ecuanimidad, añade con una sonrisa: "Esa parece una pregunta justa".
The Observer