Examinar la foto que tienen frente a sí es remitirse a una ficción. Esos cuatro muchachos que usté ve (Vanchi, Daniel Puente, Miguel Conejeros, Sebastián Levine), en realidad, nunca existieron, y los nombres entregados anteriormente cumplen con la misión de reafirmar esta mentira de que hubo en algún momento un grupo punk chileno que se llamó Pinochet Boys, justo en los tiempos en que se torturaban y asesinaban personas en Chile.
Pero asumamos la verosimilitud de esta ficción. Cronológicamente los Pinochet Boys vinieron después de los Chicago Boys, aquellos economistas que desmantelaron el Estado y transformaron una sociedad para siempre, o al menos eso cuentan ciertas publicaciones. Pero los Pinochet no cambiaron la sociedad ni desmantelaron nada. En este sentido, se puede decir que, si los Chicago hubieran sido una banda punk, habrían llegado al estrellato musical, desbancando a Los Prisioneros y, de paso, cualquier amago new wave.
La escritora Susan Sontag escribió a finales de los ’60 que el deber de cualquier manifestación artística era ser “didáctica”. Siguiendo esta línea, ¿este grupo pudo haber cumplido con esa misión? La respuesta no importa, porque -insisto- estamos hablando de una ficción, o mejor, de un mito urbano.
Por eso creo que es pertinente una historia de cuando llevaba 3 ó 4 años viviendo en Santiago. Recién había conocido al pintor Hugo Cárdenas gracias a un trabajo que tuve que hacer en la universidad. Con el tiempo nos hicimos amigos. Pero no nos adelantemos, ya que antes, debió haber sido en 1992 ó 1993, me preguntó si quería conocer a los Pinochet Boys.
-No compadre -contesté-. Yo ni ahí con los fachos.
Cárdenas rió.
-No huevón, me refiero al grupo punk, o bueno a lo que queda de él.
Me encogí de hombros y caminamos muchas cuadras hasta que llegamos a un edificio o casa de Avenida Matta. Entramos, y Cárdenas dijo:
-Te presento a los Pinochet Boys.
Miguel y Vanchi Conejeros sonrieron y, luego, me estrecharon la mano. Miguel se adelantó en hablar:
-Estábamos a punto de cocinar un caldillo de mariscos.
Como yo soy de un puerto, encontraba increíble que se hubieran conseguido mariscos frescos en una ciudad como Santiago, pero, como adivinándome la mente, Miguel estiró su brazo mágico hasta la alacena y me enseñó un par de tarros en conserva.
-Sólo falta el vinito.
En este punto hay que aclarar que por esos años yo trabajaba en una revista, que había llegado la supuesta democracia y que se estaba levantando una incipiente escena musical.
-¿Nos acompañas? -preguntó Vanchi, flemático, con unos modales que me hicieron dudar de que él hubiera sido parte de los Pinochet Boys.
Lo que siguió lo extravié en algún recoveco de mi memoria. Así es que sólo poseo recuerdos de cuando habíamos terminado de comer y ya estábamos más o menos borrachos.
-Y ahora te quiero mostrar algo -repuso Miguel-, quien se levantó de la mesa y fue a buscar unos antiguos periódicos.
Examiné aquellos impresos al igual que la foto que ustedes están viendo. No entendía nada, aunque, bueno, el hecho de que todas las letras formaran un extraño idioma llamado portugués en algo pudo haber influido.
-Estuvimos en Brasil, en 1987 -comentó Vanchi sin alardear, pero con el pecho henchido de orgullo.
Enseguida ambos hermanos comenzaron a hablarme de lo pertinente que sería escribir un artículo sobre los Pinochet Boys, “sobre todo ahora”, enfatizó Miguel, para referirse a la comisión de derechos humanos que había establecido que durante la dictadura de Pinochet se habían asesinado a más de 3 mil personas. Continuamos hablando, pero repentinamente se nos acabó la saliva, el vino y el dinero, por lo que tuvimos que suspender la conversación por un buen tiempo. Pero el tiempo, en vez de convertirse en sapo, lo hizo en años. Y Miguel se instaló en Barcelona. Y Vanchi lo siguió. Y Pinochet fue detenido en Londres. Y Cárdenas pintó a Pinochet. Y Vanchi regresó y se puso a trabajar. Pinochet murió. Y el proyecto que, en un comienzo solamente era un artículo, pasó a ser un libro que en unos meses se publicará en España. Pero claramente esto nunca pasó. Esto fue o es una ficción. Ustedes eligen el tiempo verbal, pero nada más.