Da la sensación de que se siente muy a gusto en su oficina de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, con vista al río Mapocho. Al lado de la pantalla del computador lo observa silencioso un pequeño busto de la Mistral. Los ideales republicanos son tal vez la verdadera poesía de este profesor de Derecho Constitucional de 47 años, con Ph.D. en Yale, liberal y católico a la vez, que asume los sorbos que da a su té verde como una verdadera religión. Justamente el libro que acaba de publicar, “La República en Chile” (Editorial Lom), en coautoría con Renato Cristi, habla de esa obsesión académica, que no tendría nada de especial si no fuera porque su nombre rebotó de un lado para otro en la prensa durante casi dos meses, cuando La Moneda lo nominó para el cargo de contralor y el Senado finalmente lo rechazó. Como telón de fondo del episodio estuvo la disputa más agria entre la derecha y la Concertación en mucho tiempo, a raíz de la crisis de corrupción. Elementos adicionales a la polémica fueron su carácter de socio del estudio jurídico del presidente de RN, Carlos Larraín, y su indiscutible carácter de académico de primer nivel.
–Explíqueme cómo puede conciliar las siguientes características: abogado liberal, de familia DC, trabaja en un estudio de derecha y publica en una editorial de izquierda.
–(Se ríe). En realidad lo de mi familia es más dudoso, hay un sector que es bastante de derecha, el más próximo a la DC es mi padre, pero nunca fue de partido. Bueno, son las contradicciones de la vida; en Estados Unidos vi contradicciones inaceptables: tuve un gran profesor, Calabressi, que era socialista, utilitarista seguidor de Bentham, que era un judío de fe católica, pero que escribía cosas muy anticatólicas. Esas mezclas no se dan en Chile, pero la gente que he conocido con esas contradicciones es las más interesante.
–¿Cuál es la tesis central de su libro?
–Que la principal idea política que ha existido en Chile es la idea de la República. Chile es una República desde 1810, incluso antes de ser un Estado. Hemos tenido cinco formas de República, con una interrupción entre el 73 y el 90, y camino al Bicentenario tenemos que celebrar el éxito de esta idea, pero también pensar cómo mejorarla. También queríamos vincular el republicanismo con el liberalismo, y criticar el neoliberalismo no republicano.
–Justamente en el libro se habla de la República neoliberal, cuyo marco es la Constitución del ’80. Dice usted que ésta es una Constitución Gatopardo: la que más se ha reformado, pero también la que permanece más incólume.
–Claro, esta Constitución tiene más de 100 reformas si contamos las del ’89, y es la que menos cambia en la sustancia, con la que más extraños nos sentimos buena parte de los chilenos.
–Doble mérito para Jaime Guzmán.
–No creo que se le pueda atribuir el mérito a una sola persona, en eso tenemos una diferencia con Renato Cristi. Guzmán escribió muy temprano en la revista “Fiducia” una crítica muy fuerte a la Constitución del ’25; él alimentó la idea de cambiarla, fundamentalmente por la falta de fuerza en la defensa de la propiedad. Y eso se nota en la construcción neoliberal actual, que en vez de tener protegido el derecho a la educación o a la calidad de la misma, tenemos el derecho a elegir el establecimiento para nuestros hijos. En la salud lo mismo, derecho a elegir la isapre, pero no a una salud de calidad.
–Se saca al Estado de su rol social.
–Devalúa el principio y el derecho de igualdad, que fue un continuo durante todas las experiencias republicanas anteriores. Y en la distribución del poder está exacerbado el poder del Presidente. Uno de los diagnósticos de por qué cayó la Constitución del ’25 fue por el excesivo poder del Presidente, y Allende abusó de esas atribuciones, pero esta Constitución le da más poder aún a la institución presidencial.
–¿La República actual es entonces menos República, de acuerdo al ideal, que la que tuvimos hasta el ’73?
–A ésta la veo con legitimidad política y estabilidad, pero muy débil desde la perspectiva de otros ideales republicanos, como la sujeción de todos a la ley.
–¿En Chile no todos son iguales ante la ley?
–No pues, hemos visto el caso Pinochet, y el de otras personas vinculadas al poder. Recién en este Gobierno se está haciendo un esfuerzo serio de someter a todos al derecho. Ha habido momentos, en cada uno de los gobiernos anteriores, donde los poderosos se han salvado.
–¿En quién piensa?
–Hay casos de corrupción, pienso en el MOP-Gate, donde se ha demorado mucho tiempo la resolución. Me gustaría que eso hubiera sido más rápido, porque entre otras cosas se ha afectado a la Universidad de Chile.
–¿Por qué, entre otras cuestiones, sería tan precaria esta República?
–Por la separación de funciones del poder. Aquí tenemos un neopresidencialismo autoritario, que significa que hay un Presidente que decide de manera extralimitada el derecho, excediendo lo que es el presidencialismo en el resto del mundo, incluyendo Estados Unidos.
–Las últimas encuestas confirman la tendencia a blindar la autoridad presidencial, dejando en el último lugar de legitimidad al Parlamento y los tribunales.
–Eso es una consecuencia mediática de este neopresidencialismo autoritario; eso es malo, porque un principio republicano es que exista división del poder. Por más bienintencionados que sean los presidentes, es importante que todos los ciudadanos participen en la construcción del derecho.
–¿Cómo interpreta que Lagos sacara la firma de Pinochet de la Constitución y pusiera la suya, invocando justamente la República?
–Creo que fue un buen propósito, pero critico que se haya personalizado en una ceremonia con una ópera, con un libro rojo, etc. Las reformas constitucionales son trabajos colectivos y ése es su sentido. Cuando se hace en torno a una persona se transforma en algo muy parecido a esas cartas que daban los reyes a los ciudadanos.
–Pero no fue una reforma de maquillaje, ¿o sí?
–La reforma no afectó a los principios de la Constitución; la revolución de los “pingüinos” vino a comprobar algo que venimos diciendo hace tiempo: el déficit enorme en todos los derechos sociales, económicos y culturales. Ahí viene esta prueba de fuego que es la reforma educacional, a la que me imagino ahora se le sumará también una reforma por la calidad de la seguridad social, del trabajo, etc.
–¿La afirmación del gatopardismo puede dar a entender que la reforma fue un mero acto comunicacional?
–No, creo que fue profunda, aunque aún hay muchas cosas pendientes, pero a mí no me gustó el estilo. Yo sostengo que hay que usar el poder presidencial para ampliar nuestra base republicana, usar la popularidad del Presidente para abrir la Constitución. El problema es que en ese ejercicio a veces se termina reforzando la autoridad presidencial aún más. Ahora habrá que ver cuál va a ser el liderazgo del nuevo Senado y del nuevo Tribunal Constitucional. Si ellos tienen un liderazgo prodemocrático, será exitoso. Si siguen pensando que estamos amarrados al pinochetismo constitucional, será un caso en que la forma se comió al fondo.
–Sin embargo, la elite política tiende a ser conservadora en su visión e interpretación del derecho a partir del año ’90.
–Completamente, en esta Quinta República hay un pensamiento conservador en materia constitucional extendido.
–¿Es posible que ese tic conservador sea el que se manifestó en el rechazo a un independiente como usted, cuando fue nominado para el cargo de contralor?
–Se dijeron muchas cosas, que yo pertenecía a todos los grupos, tendencias y sensibilidades posibles. Salvo el Partido Humanista y el Partido Comunista, todos los demás me fueron atribuidos. También se dijo que yo siempre iba a estar a favor de las opciones del Gobierno, que iba a ser un personaje servil.
–Un operador, para hablar en términos de actualidad.
–Claro, que iba a ser totalmente obsecuente con el Gobierno, y creo que esa acusación es muy injusta, porque los que la hicieron no me conocen, y ni siquiera se dieron la molestia de escucharme en la Comisión del Senado. Eso constituye una barrera muy seria para que personas que no son profesionales de la política puedan ingresar al servicio público. Yo he tenido discrepancias con socios, rectores, decanos y amigos por cuestiones de principios.
–La derecha lo acusó directamente de ser hombre de la Concertación. ¿Hasta qué punto es cierto?
–Me siento una persona independiente, pero que piensa que los gobiernos de la Concertación han sido buenos. Soy muy crítico en materia de educación, en materia constitucional; este neopresidencialismo a mí me revienta, pero me reconozco más cercano a los ideales de la Concertación porque creo que hay ahí una experiencia más republicana que en la Alianza. Pero es errado que la Alianza diga que porque alguien es más próximo a la Concertación no puede ser contralor. Soy un ciudadano libre y, es más, en algunas ocasiones he votado por personas de la Alianza porque me han parecido buenos candidatos.
–También hay un sector de la Concertación que lo rechazó.
–Me gustaría conversar con Adolfo Zaldívar, Nelson Ávila y Mariano Ruiz Esquide, porque sus argumentos no me convencieron.
–¿Cómo fue la reunión con la Comisión del Senado?
–José Antonio Gómez era compañero mío en la universidad, estuve muy bien atendido. Noté un tanto nervioso a Hernán Larraín y Alberto Espina fue cordial.
–¿Qué le dijeron en privado diferente a lo que se dijo en público?
–Hubo gente que inicialmente dijo que apoyaba mi postulación, pero que después en público votó en contra sin dar muchas razones.
–Es que el contexto en que dio la discusión, la crisis de corrupción, no pudo ser más complicado.
–Influyó mucho el debate político. Dos días después del anuncio de mi postulación apareció la denuncia de la Contraloría por el caso Chiledeportes. Creo que nunca hubo un período de mayor encono entre Gobierno y oposición desde 1990 a la fecha. Cualquier nombramiento, aunque hubiera sido fray Andresito, habría fracasado. Yo podría haber sido un contralor que controla, pues creo que hay un defecto en el sistema neopresidencialista que se equilibra no sólo dándole más poder al Congreso, sino también con un contralor eficiente, que sea capaz de hacer efectivas las atribuciones que tiene en relación con los ministerios y el Presidente. Era lo que más me entusiasmaba: usar el derecho administrativo como una herramienta de equilibrio de poder.
–¿Hasta qué punto la corrupción es consecuencia de los principios neoliberales con que la Constitución delimita la actividad política?
–Ésa es una pregunta muy profunda. Tiene que ver, porque la concepción republicana implica que uno debe sacrificar ciertas preferencias en nombre del interés público. Hay que saber renunciar a un interés privado para construir la vida pública, es lo esencial de lo republicano. Y yo me preguntaría: ¿quién está dispuesto a hacer eso? Y eso es expresión de esta mala doctrina que hemos aceptado como dogma, que es el neoliberalismo: lo que es mío es lo bueno, lo privado es lo bueno, lo que me permite ganar más es lo bueno, y no la contribución a lo público. No creo que en el pasado no haya habido corrupción, pero francamente en este momento se ha acentuado. Y es una pena decirlo, pero este Parlamento, y el anterior al 11 de marzo de 2006, son los peores de la historia de Chile. Miremos la historia y veamos cuántos parlamentarios han sido destituidos de sus cargos por cuestiones de corrupción; en el anterior hubo un número importante, y en éste parece que será peor. Hay un asunto de fondo, y es que la política se usa para cuestiones privadas, ésa es la lógica del sistema.
–¿En ese sentido usted ve a la corrupción como un problema sistémico, al igual que la derecha?
–Tiendo a pensar que hay incentivos sistémicos para que haya corrupción. La comisión que nombró la Presidenta detectó problemas sistémicos, no es una cosa individual de alguien que cometió un error. Hay un esquema fallado y los controles están debilitados. Más del 90% de los procesos de toma de razón de la Contraloría son por movimientos de personal dentro del Estado; ¿está bien eso o tiene que ejercerse un control preventivo, como el que se hizo en Estados Unidos a raíz del caso Enron, tal como lo dije en mi propuesta para la Contraloría? ¿Qué pasa si hay un funcionario que gana 200 mil pesos y decide sobre 400 millones al mes? Eso debe resolverse antes y no con informes que sólo descubren lo que todos preveían que se iba a producir. LND