“Lost” es el paraíso de los pedantes: se va el tiempo en reconocer en Sawyer la imitación de Klaus Kinsky en “Aguirre, la ira de Dios”, en Locke a Marlon Brando en “Apocalypse now”.
Gonzalo Garcés
Iba a escribir sobre la serie “Lost”, pero diez segundos antes de empezar –el tiempo que lleva prender la computadora– dejó de interesarme. No importa. No eres tú, oh vida, es tu recuerdo lo que me sostiene, decía Léon-Paul Fargue, y cuando leí estas líneas hacia 1995 me dejaron desconsolado, pero también convencido de que si ese francés podía, si era capaz de aguantar con el recuerdo de lo que diez segundos antes había dejado de interesarle, entonces yo también. Todo lo interesante que podía pasarme parecía haber quedado atrás, y ahora sospecho que tenía razón, que la melancolía de los 21 años, tan cargante y tan tópica al contarla, se supera no porque uno descubra que andaba equivocado y tenía todo por delante, sino porque acepta que, en efecto, con el recuerdo alcanza y no hay por qué hacer aspavientos. Salvo, claro está, que a algunos quisiera uno tanto cambiarlos, y ahí no hay tu tía.
A quién no le habría gustado, a los 21 o ahora, que una isla resucitara sus estupideces y le diera la ocasión de enmendarlas o al menos discutir el asunto. Y ahí está el embuste genial de la serie. Porque los perdidos de “Lost”, los atribulados Jack, Hugo, Kate, Said y compañía, no dejan de repetir que los espantan esos grititos y susurros de la isla, que los señalan y acosan con sus malos recuerdos y los obligan a enfrentar entuertos pasados, pero la verdad es que les encanta, y nos encanta, porque en la realidad esa ocasión no se presenta, y lo atroz de la vida no es que las encrucijadas vuelvan, sino precisamente que no regresan nunca. En ese timo descansa también, o descansaba, el sicoanálisis: hacer aflorar lo que está enterrado, revivir la lucha cuerpo a cuerpo con el ángel, aunque en general sean ángeles de cartón piedra, como si cambiara algo. Y a propósito, me encanta la serie. Me divierto como un cerdo y no entiendo por qué, si me río de las malas actuaciones, de esa embarazada terminal que da saltitos por la playa y ese ostentoso hindú obligado a repetir que es iraquí, igual me dan susto los tumbos del suspenso, igual espero ansioso el capítulo siguiente y sobre todo encuentro poética, torpe pero poética, la situación. Me gusta pensar que es porque los repuestos culturales que saquea “Lost”, igual que los asientos y chapas del malogrado avión, retienen un poder evocador que aguanta cualquier transplante. “Lost” es el paraíso de los pedantes: se va el tiempo en reconocer en Sawyer la imitación de Klaus Kinsky en “Aguirre, la ira de Dios”, en Locke a Marlon Brando en “Apocalypse now” y, por qué no, en el médico Jack al indecible Ben Affleck y en Boone a un menguado Rob Lowe. ¿No es la serie entera, de todos modos, una puesta al día de “Flatliners”, esa película donde Kiefer Sutherland y Julia Roberts visitaban los potreros de la muerte y se traían fantasmas que kármicamente los hostigaban hasta que ellos se avenían a “lidiar” con ellos? Y, en fin, una selva oscura será siempre una selva oscura, áspera y fuerte, que en el pensamiento renueva la pavura. Si nos viera Dante.
LLAME YA!
Compre en DVD la serie “Lost” o, mejor todavía, lea “La divina comedia”, de Dante.