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Domingo 17 de septiembre de 2006

La medida de lo posible
Juego limpio




Guillermo Tejeda
Nación Domingo

Cuando el 18 de septiembre de 1810 un grupo de familias acomodadas de Santiago de Chile se constituyó como Junta de Gobierno, reemplazando la autoridad titular del Rey de España, inició el país un doble camino: el de la independencia republicana y el del sometimiento de la población a una oligarquía ilustrada. La independencia ha sido real, por mucho que en ciertos episodios históricos se haya notado la pesada influencia de los norteamericanos en nuestros asuntos.

Y la oligarquía se ha mantenido saludable a lo largo de este par de siglos. La gente que cuenta, el grupo de los poderosos, los de buena familia, aquellos que acceden a los colegios selectos y al control de la opinión, de los negocios, de la autoridad política, sigue siendo una minoría muy especial. Poco hemos avanzado en justicia, en igualdad de oportunidades. Da lo mismo contar con estudios, buenas notas y títulos universitarios si se tienen los ojos color café y el pelo negro o un teléfono de barrio picante. Pese a la fluidez del mercado, a los aires globales, la nuestra sigue siendo una sociedad estancada, clasista, opaca, con bolsas de privilegio, donde para algunos los kilos pesan cuatro kilos.

En su libro “Que gane el más mejor”, Eduardo Engel y Patricio Navia nos plantean que si bien subsisten los grupos selectos e impenetrables, se están abriendo para todos los chilenos los apetitos de competir en igualdad de condiciones y salir adelante en base a esfuerzos y a méritos. Eso es lo que la gente quiere, afirman. El liberalismo de Engel y Navia no es por cierto el mismo de los Chicago Boys, que consistía en hablar del mercado y lucrar del Estado o de algún monopolio. Lo que nos traen estos académicos es un aire de aroma fuertemente anglosajón, es cierto, aunque se trata de un aire limpio: lo relevante, afirman, es que la cancha sea pareja, aplicando la metáfora de que la vida es un partido de fútbol, o un partido de tenis, o una carrera de autos.

Para Vicente Huidobro, la vida era un viaje en paracaídas. Para Nietzsche, un eterno retorno. Para Engel y Navia, estamos sumidos en una competencia deportiva. Se trata, siguiendo con las metáforas futbolísticas, de que nadie sea el dueño de la pelota. Revolucionaria afirmación cuando se formula en el país de los dueños.

Aquí, entre nosotros, antes de hacer un trabajo lo que cuenta es saber quién es el dueño o la dueña, porque a partir de ahí se desgrana el choclo. No cuenta tanto la idoneidad del postulante, sino los lazos de simpatía o confianza que logra establecer con el jefe, a la manera de los Soprano.

En Chile hay un dueño de los periódicos, un dueño de las farmacias, un dueño de los aviones, un dueño de los supermercados, un dueño de los colegios, y así sucesivamente. Y cuando hay más de uno, se ponen de acuerdo para que no nos vayamos a aprovechar de la competencia. Estos dueños, como los del antiguo oeste americano, cuentan con apoyos en el Parlamento, el Poder Judicial, las universidades, las iglesias y las grandes empresas multinacionales, de tal manera que derrotarlos es casi imposible. Se trata de seres que sencillamente no juegan en nuestra misma cancha.

Pero Navia y Engel son tenaces. Su relato metafórico nos invita a creer en nosotros mismos. Todos somos el Nico Massú, todos podemos ser olímpicos. Sólo hay que proponérselo y trabajar para alisar esa escarpada cancha donde un buen apellido vale más que cualquier inteligencia y un par de ojos azules de barrio alto pesan más que cualquier currículum.

El taladro conceptual de los autores pasa revista a nuestro sistema democrático, a veces ejemplar y a veces falto de transparencia; a la vergüenza binominal; a las políticas antimonopolio; a la defensa de los consumidores; a la igualdad de oportunidades en educación. Sus datos y juicios son contundentes. Y se resumen quizás en que es muy propio de los países subdesarrollados mantener una clase abusiva de personas que controlan y deforman la realidad, impidiendo el libre flujo de información y la competencia leal entre las personas, los partidos políticos y las empresas.

Puede que en ocasiones el ímpetu liberal de los autores vaya demasiado lejos. Tal vez no todas sus metáforas resulten igualmente comestibles. ¿Es la democracia un partido de fútbol o una pichanga? ¿Son “teams” deportivos los partidos políticos? ¿Es el Estado un garaje que prepara automóviles para una carrera? Si aceptamos que los políticos son como los médicos (que sean buenos, pero ojalá no tener que tratar con ellos), la vida social vendría siendo como una enfermedad.

La tradición republicana francesa y luego la chilena han preferido siempre separar las cosas: al comercio lo que es el del comercio, al Estado lo que es del Estado. Un mundo es el de las instituciones, que tratan con ciudadanos. Otro el de las empresas, que tratan con trabajadores o consumidores. En la mirada liberal, en cambio, consumidor y ciudadano son más o menos una sola cosa, los partidos políticos tienen clientes, y la transparencia de precios es algo similar a la transparencia del gasto en campañas electorales. Por último, los criterios liberales tienden a veces a prescindir de la historia, y por eso es que la dictadura o el pinochetismo puedan aparecer simplemente como opciones equivalentes a otras, carentes de toda carga valórica que no sea la aprobación o desaprobación por parte de los ciudadanos-consumidores.

Como sea, el aporte de Eduardo Engel y Patricio Navia al debate político nacional es contundente. Más allá de sus muchos méritos, quizá lo más relevante de su libro sea su constante requerimiento de coherencia, de consistencia, de reglas claras, de cancha pareja. Un requerimiento sensato, que la gente comparte, y que hiere directamente los centros nerviosos de unos clanes y unas redes instalados en el abuso, la opacidad, la pereza y la ventaja inmerecida. LND













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