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Domingo 20 de agosto de 2006



En acción

Adéntrate en el mundo de Redolito visitando su espacio virtual: http://hibrido.blogspirit.com/. Además, entérate de las tocatas que realiza junto a su padre en la banda Ruido Bustos, a través de www.mauricioredoles.cl

Casi Famosos. Sebastián Redolés (18), príncipe del barrio Yungay
El hijo ruidoso

Tenía cinco años cuando su padre, Mauricio Redolés, lo invitó a un escenario. En el colegio formó la banda Olor a Rodilla y hoy es el percusionista de Ruido Bustos. Sebastián no sólo ha tocado la “Pantera Rosa” en las micros y ha vendido diarios en las esquinas, sino que averiguó “quién mató a Gaete”.



La Nación

Por Gabriela García B.

Foto: Óscar Araya

Agarrar una baqueta y ponerse a tocar es igual que sacarte la piel, ser aire. La música es todo. Es el lugar donde me desquito y tengo orgasmos, el regalo que más le agradezco a mi viejo.

La primera vez que me acerqué a ella tenía como cinco años. Mi papá dice que yo andaba por la casa con una flauta, y que le decía que quería tocar con él. Recuerdo que cuando mi viejo me dijo “súbete al escenario”, me entusiasmé tanto que le conté a todos los niños que andaban por ahí. Al final, el escenario se llenó de chicos que también querían cantar.

Tengo imágenes patentes en la cabeza. Como la de ir en un taxi con mi papá a los seis años, rumbo a las grabaciones de “¿Quién mató a Gaete?”, y yo cantando con voz de pito: “Los cuetes, los cuetes”.

CALLE Y SWING

Como a los 12 empecé a tocar percusión. Con el tiempo tuve un grupo que armamos con compañeros del Liceo Amunátegui y que se llamó Olor a Rodilla, y toqué en los ex Animales Domésticos. Hasta que de repente mi papá me dijo: “Toca batería conmigo”, y formamos Ruido Bustos.

Este es un grupo súper divertido. Nació en el verano, y se llama así por el segundo apellido de mi viejo. Si la banda anterior era mucho más reflexiva y tenía raíces latinoamericanas, ésta es mucho más rockera, más punk. Los temas son súper juveniles, aunque hay algunas cumbias, como una que dice: “Que Dios se lo pare”.

Si me preguntan por mi estilo, yo me considero un híbrido. Siempre ando en busca de mezclas. Hace un tiempo me subí a las micros con un amigo que tocaba saxo. Primero con un bongó, luego con una caja y un platillo, e hicimos jazz. Tocábamos la “Pantera Rosa” o simplemente improvisábamos. El discurso era el típico: “Muy buenas tardes, señores pasajeros. Muchas gracias por no habernos lanzado ningún tipo de vegetal. Cualquier cooperación, monedita o sonrisita nos sirve. Muchas gracias”. No lo hice por plata, sino por probar experiencias nuevas. Y porque en la calle uno despierta.

Hace poco también trabajé en algo que pa’ muchos es muy flaite: me puse a vender diarios. Vestido de verde y con un gorrito gritaba: ¡La Segunda! Fue más entretenido que la cresta, pero el problema fue que me reconocieron mucho.

Estuve en Bellavista, en Ramón Carnicer y en Las Condes, y ahí me di cuenta que soy un casi famoso. Le vendí diarios a gente divertida, como a Salas, que me abrió la puerta desde su tractor blanco y me dijo: “¿Cuánto es, maestro?”. Y a la Sarita Vásquez, que pasó por el lado mío acariciando un poodle más estirado que ella.

Mis amigos comunistas me decían: “¿Cómo trabajas en ese diario tan facho?”, pero la verdad es que cuando yo pasaba ofreciéndolo, le decía a la gente: “Compre este diario que es muy facho y fome”. O me ponía a comentarle las noticias: “Bueno, aquí dicen que Fidel Castro está muy mal, pero esto es sólo un manejo comunicacional de ‘La Segunda’. ¡Saldremos adelante, compañeros!”, gritaba con el puño en alto.

REDOLESES

Me gusta descolocar a la gente. En el colegio se me ocurrió crear un personaje que se llama “Unverto Halberto”, quien actúa de manera espontánea. Es un tipo medio gangoso, que se viste con la polera adentro del pantalón y que tiene las cejas como para arriba.

Es raro, porque cuando era chico me cargaban algunas cosas que hacía mi viejo, como cuando se paraba a conversar con un maniquí y le preguntaba: “Señorita, ¿dónde queda el baño?”, y a mí me daba tanta vergüenza que le pegaba. Ahora, creo que con el tiempo eso se ha ido invirtiendo, y son mis amigos los que sufren bochornos.

Siempre me preguntan qué se siente ser el hijo de Mauricio Redolés, y pa’ mí es una huevá. Yo veo a mi papá levantarse en bata y no tiene nada de especial. Aunque reconozco que hay veces en las que voy a lugares, y si digo (como último recurso) que soy hijo de Mauricio Redolés, me dejan entrar gratis.

Cuando chico, siempre decía “no quiero ser como mi papá”. No quería que dijeran “mira, él escribe como el papá”. O, “no repita lo que hace su papá, que no va a llegar a ningún lado”. Al final, igual empecé a escribir algunas cosas. Nunca he podido sacarme el yugo de ser el hijo de Redolés, y pocas veces me han reconocido por otra cosa distinta a eso, pero lo tengo asumido.

No creo que para tener que dar un paso adelante tenga que separarme de mi viejo, porque sería un desprecio, y yo estoy súper agradecido de él. Sin embargo, ahora también entiendo que no existe un prototipo de Redolés, porque mi papá tiene una forma de vida totalmente distinta a la mía. Y aunque nos llevamos bien, igual tenemos nuestros encontrones. Es una relación enriquecedora, bonita.

Lo que más me gusta es que soy su primer espectador, sé todo lo que está haciendo y puedo rescatar cosas excelentes de él. Nos hemos compenetrado tanto que es como si yo también hubiera estado en el exilio, porque en ocasiones me refiero a este país como si hubiera vivido afuera, aunque nunca he salido.

Y si me preguntas quién mató a Gaete, te diré que fue la viejita del socialismo. Esa que pelaba pollitos con agua caliente debajo de un puente. LCD













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