(En memoria de Gloria Camiroaga)
Habría que decir mil veces esto ocurrió, esto pasó en algunos barrios, cerca de aquí mismo, frente a la placita donde un abuelo le da de comer a las palomas. Cerca de la iglesia, donde un curita bien peinado hace gárgaras por la reconciliación. Más allá del kindergarten, donde el mismo torturador (hoy amnistiado) despide a su niño con un beso sucio en la mejilla.
Hace unos años, Gloria Camiroaga, mi querida amiga recién fallecida, realizó el documental “La venda” sobre testimonios de mujeres torturadas en la dictadura de Pinochet. Un trabajo poco difundido que se suma a la producción multifacética de esta artista pionera del arte audiovisual en Chile. Con la música de fondo de Roberto Parra, “Qué pena siente el alma”, los rostros en la pantalla de estas mujeres que lograron sobrevivir al subterráneo del horror, son apenas un porcentaje oral en el murmullo nervioso del relato que intenta dar cuenta de la ciénaga donde fueron sumergidas aquellos días difíciles de recordar, pero indelebles en algún lugar donde la memoria cobija su humillado ardor. Y este temblor del video, que hace pestañear la zona crispada del recuerdo, parece ser la única entrada a cierta intimidad aún sobresaltada en la voz confesional del video testimonio. Tal vez, estas voces guardaron calladamente durante muchos años estos traumáticos hechos. Como quien se niega a reconocer en sí misma la brutal evidencia. Como quien no quiere sentir jamás el roce del guante milico que timbró sus carnes con los hematomas dactilares del horror. Como quien deja traslucir ante una cámara el triste emblema amoratado de sus llagas, que emergen una y otra vez desde las tinieblas para documentar la historia no contada de la tortura en este país.
Habría que decir mil veces esto ocurrió, esto pasó en algunos barrios, cerca de aquí mismo, frente a la placita donde un abuelo le da de comer a las palomas. Cerca de la iglesia, donde un curita bien peinado hace gárgaras por la reconciliación. Más allá del kindergarten, donde el mismo torturador (hoy amnistiado) despide a su niño con un beso sucio en la mejilla. En esa misma casa, tan igual a otras que parecen inocentes.
Casas de familia, vecinas de esas otras moradas del espanto, donde se amohosan los enchufes eléctricos que evocan la náusea de un indefenso escalofrío. Murallas silenciosas, bambalinas rasguñadas donde aún se pueden leer rayados de “Michelle a la Presidencia”. Esto ocurrió bajo este cielo que pinta de cochino azul su monserga de hermanos. Esto ocurrió y pareciera que con decirlo no se dice nada. Pareciera que en este aire renovado, estos testimonios desmembrados por la evocación se adosaran a los discursos conciliadores que amortiguan y blanquean la costra húmeda de la tragedia.
Esto ocurrió, fue tan cierto como lo gritan empañados estos ojos en el video de Gloria Camiroaga. Fue cierto, y a quién le interesa si medio país aún no cree, se resiste a creerlo, y prefiere no saber, no recordar alguna noche que en la casa vecina una garganta de mujer trinaba a parrillazos los estertores de su desespero. Medio país se resiste a creerlo, y quiere dar vuelta la página, mirar al futuro, hacer como que nada, soñar como que nunca.
Lo que muestra el video es lo que se puede mostrar oralizado por las voces desnudas de sus protagonistas. Apenas un retazo menstruado en el vacío abyecto de su narración. El resto, lo que sigue o lo que queda, ninguna emoción solidaria puede ahondar en el descalabro de estos hechos sin volver a mirar el país democratizado en que se vive, sin volver a sentir que parte importante de su población, por miedo, inseguridad o indiferencia, se tapó los oídos, cerró los ojos y asumió la venda como reemplazo a un cielo arañado por los ecos huérfanos de una torturada contorsión. LND