Haití… tum, tum, tum
Hoy ya no son los tambores de la emancipación los que resuenan, sino los latidos de miles de corazones de esta otra batalla: la sobrevivencia con dolor y desesperanza.
EN 1501 LLEGARON las primeras personas de raza negra tratadas como esclavos a Haití, entonces una colonia francesa. Venían hacinados en los barcos desde África: Níger y Senegal y también desde el territorio Ewe de la costa occidental.
Cada grupo racial traía sus propias costumbres. Hacia 1791, hubo una insurrección, comandada por François Dominique Tousaint, y ya el 1 de enero en 1795 empezaron a sonar los tambores, tum, tum, tum, tum, de los sacerdotes del “voodoo” o vudú que daban cuenta que los aires de independencia de los esclavos se habían iniciado.
TUM, TUM, TUM, TUM…
Nueve años más tarde, el 1 de enero de 1804, las voluntades negras logran la independencia y comercian azúcar con Inglaterra y traban unión con Simón Bolívar, quien les da apoyo y luego, tal como lo exige el código de reciprocidad entre los hombres nobles, Haití presta su ayuda al libertador con armas y barcos con la condición que Bolívar libere a otros hombres negros en América.
Tum, tum, tum, tum… tiempos de libertad resonaban en las islas del Caribe y en toda América. El tum, tum, tum no cesa, pero los habitantes de Haití no logran la prosperidad deseada.
Una parte porque carecen de educación técnica y ayuda, y lo peor que en el siglo XX este pequeño país debió sobrevivir a una perversa tiranía de los Duvalier, padre e hijo, sedientos de poder y de riqueza, que sumieron a Haití en un estado mayor de pobreza de la que no les ha sido posible salir.
Mis amigos Mercedes Bustamante y su esposo José Antonio Mendizábal vivieron largo trecho en Haití, ella destinada por la Organización de los Estados Americanos (OEA) en la parte de derechos humanos, y José Antonio, en obras de carácter social y fotografiando la vida de ese pueblo en constante estado de miseria.
Hoy, y para acrecentar la desgracia, apenas llegado el tercer milenio, la naturaleza les propinó un terremoto de carácter bíblico que terminó por aplastar físicamente a las personas y a las precarias edificaciones del entorno de Puerto Príncipe, especialmente.
Muchos chilenos estaban en el epicentro de la hecatombe y en la Misión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití en que desde 2004, el Estado de Chile, junto a Francia, Estados Unidos y Canadá, acometieron la empresa de apoyo físico, espiritual y de paz hacia el país más pobre de América.
Junto al embajador de Chile, Marcel Young, y familia, el general Toro y su esposa María Teresa y Andrea Loi, samaritana a todo trance, ambas fallecidas, formaban parte del contingente chileno de asistencia humanitaria.
Andrea, tal vez igual no hubiera sobrevivido viendo el horror, niños mutilados, padres escarbando con sus dedos entre los escombros, madres enloquecidas por el hambre de sus hijos.
Hoy ya no son los tambores de la batalla de emancipación los que resuenan, sino los latidos de miles de corazones de esta otra gran batalla: la sobrevivencia de Haití con todo el dolor y la desesperanza del universo.
Tum, tum, tum, tum.
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MARCELA ESTIBILL
MINNEAPOLIS, ESTADOS UNIDOS